Todos reconocemos el lazo rosa. Pero la historia del lazo rosa empieza con otro color, el melocotón, y con una mujer que cosía lazos a mano en su casa. Cuando quisieron convertirlo en campaña comercial, ella dijo que no. Y el lazo cambió de color.
Antes del rosa: un trozo de cinta
Un lazo es, al final, un trozo de cinta. Y la cinta lleva mucho tiempo diciendo cosas sin palabras. En el París de mediados del siglo XIX, por ejemplo, los faldones de bautizo ya se adornaban con cintas rosas para las niñas y azules para los niños.
El lazo como símbolo de una causa es mucho más reciente. En 1973 se hizo famosa una canción estadounidense sobre un preso que vuelve a casa y busca una cinta amarilla atada a un roble. Y en diciembre de 1979, durante la crisis de los rehenes de Irán, Penne Laingen, esposa de uno de los diplomáticos retenidos, ató una cinta amarilla a un árbol de su casa y propuso que otros hicieran lo mismo. Muchas familias la siguieron.
En 1991 llegó el lazo rojo contra el sida, que el actor Jeremy Irons llevó en la solapa al presentar los premios Tony de ese año. A partir de ahí, cada causa quiso su color. The New York Times llegó a llamar a 1992 «el año del lazo».
Charlotte Haley y el lazo melocotón
Empezó a hacer lazos a mano en su casa. No eran rosas: eran de color melocotón. Los repartía en el supermercado de su barrio en paquetes de cinco, sujetos a una tarjeta. La tarjeta no hablaba de lazos ni de colores. Hablaba de dinero: cuánto dedicaba el Instituto Nacional del Cáncer de Estados Unidos a la prevención, y pedía a la gente que llevara el lazo para despertar a los políticos.
Era un gesto pequeño, casero y con una petición muy concreta. Y empezó a correr de mano en mano.
Un no y un cambio de color
El lazo melocotón llegó a oídos de Alexandra Penney, directora de la revista Self, que preparaba su número anual dedicado al cáncer de mama. La revista trabajaba con Evelyn Lauder, vicepresidenta de la firma de cosmética Estée Lauder. Querían usar el lazo de Charlotte.
Charlotte dijo que no. Le parecía demasiado comercial.
Pero el símbolo les interesaba igualmente. Consultaron a sus abogados, y la salida que encontraron fue cambiar el color. Si el lazo era rosa y no melocotón, ya no era el lazo de ella: era otro, legalmente distinto.
Cambiaron el melocotón por el rosa. Y siguieron adelante.
1992: el lazo rosa llega a los mostradores
En octubre de 1992, Self publicó su número sobre el cáncer de mama con el lazo rosa, y Estée Lauder lo repartió en los mostradores de maquillaje de sus tiendas. Ese otoño se entregaron un millón y medio de lazos, cada uno con una tarjeta que enseñaba a hacer la autoexploración.
El lazo más famoso del mundo nació de un no que nadie respetó.
Un matiz, para ser justas con la historia: la Fundación Susan G. Komen asegura que ya repartió lazos rosas en su primera carrera de Nueva York, en octubre de 1991. Así que el rosa ya rondaba. Lo que convirtió ese lazo en el símbolo que hoy conoce todo el mundo fue la campaña de 1992.
Lo que el lazo ha conseguido
Y aun así, hay que decirlo: ese lazo ha hecho mucho bien. Ha puesto la palabra en todas partes, ha empujado la detección precoz y ha ayudado a recaudar mucho dinero para investigar.
También ha tenido críticas. Desde hace años, algunas asociaciones de pacientes piden mirar con lupa los productos que se venden con el lazo y preguntarse cuánto llega de verdad a la investigación. Es, en el fondo, la misma pregunta que se hacía Charlotte en 1992.
Las dos cosas pueden ser verdad a la vez.
Un trozo de cinta
Charlotte cosía lazos en su cocina. Un trozo de cinta, una tarjeta y una petición clara. Treinta años después, su color casi nadie lo recuerda, pero su no sigue diciendo algo.
A veces un trozo de tela dice más que cualquier discurso. Lo importante es no olvidar quién lo cosió primero, ni para qué.




